Tuesday, July 5, 2016

Santa Cruz Los vecinos de El Torno marchan por seguridad



Una masiva marcha de protesta llegó hasta la Policía de El Torno exigiendo que la Policía cambie a los efectivos que en este momento trabajan en este módulo policial.

Según los manifestantes los patrulleros les cobran para hacer rondas en los diferentes lugares, con lo que ellos creen que no se atiende al pueblo y se beneficia a los malvivientes.

El Gobierno afirma que la delincuencia bajó en El Alto



El ministro de Gobierno, Carlos Romero, informó ayer que se redujo el índice delictivo en la ciudad de El Alto, urbe que se ubica en cuarto lugar en inseguridad, después de Santa Cruz, Cochabamba y La Paz.

“Hace algunos años, las estadísticas en cuanto a comisión de delitos eran altas, pero hoy El Alto se encuentra en cuarto lugar en ciudad insegura, y en este período significativamente se redujeron los índices delictivos gracias a la movilización de organizaciones vecinales y sociales”, precisó la autoridad durante el décimo aniversario de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (FELCC), regional El Alto.

Recordó que en 2011, en menos de medio año, la Policía desarticuló al menos 60 organizaciones criminales que se dedicaban al crimen organizado en bandas de ‘cogoteros’, después cambiaron la forma de atracar en ferias y lugares donde se realizan transacciones económicas.

Romero afirmó que las tareas de seguridad ciudadanía son altamente complejas y coincidió con algunos factores que establecen que entre los problemas estructurales de inseguridad están los altos niveles de migración poblacional.

En esa línea, dijo que se requiere un adecuado proceso de planificación urbana y un ordenamiento de asentamientos urbanos. “El Alto, La Paz y Santa Cruz son tres ciudades de mayor cobertura de mancha urbana, significa que el desafío es permanente y contar con un número de efectivos policiales que sea acorde al crecimiento poblacional”, puntualizó.

Por día unas diez cámaras no emiten señal en Potosí

El jefe de seguridad ciudadana de la Alcaldía, Celín Salas, informó que por día unas diez cámaras de seguridad en arterias de la ciudad no emiten señal, pero son refaccionadas inmediatamente

Monday, July 4, 2016

“Me dolió que mis hijos vieran cuando me querían linchar”

Balú, uno de los reos más grandes, fuertes, frívolos y corajudos en el penal de máxima seguridad de El Abra, tiene en su memoria innumerables escenas de violentos atracos, sangrientas peleas y sádicas lesiones desde sus 17 años; guarda estos hechos como importantes experiencias en su carrera delincuencial pero solo una le desgarra el alma, la vez que sus hijos lo vieron cuando intentaron lincharlo en su barrio.

Nelson D.R.C., según consta en su prontuario con doce procesos, o Alex S.G. como él intenta rectificar su identidad, es tal vez el resultado de uno de los periodos más cruentos durante el reinado de Ariel Tancara en El Abra.

Solo necesita pedir lo que quiera y todos se lo conceden. El recuerdo de brazos y narices rotas, de quienes se opusieron hace que todos sean más ágiles.

Balú era, como dicen al interior del recinto, "uno de los perros" del Tancara, el encargado de extorcionar y "acariciar" (torturar) a quien se opusiera a las reglas impuestas por su mentor.

Su sadismo ha llegado al extremo de que ya no siente satisfacción lastimando a otros y se autoprovoca lesiones en el momento menos esperado. "Ni bien nos damos la vuelta ya está estrellando su cabeza en la pared o cortándose la cara con un gillette", cuenta alarmado uno de sus custodios a quien, en alguna oportunidad, le ha tocado recibir los golpes en sus arranques de violencia.

En su rostro, brazos y piernas, tiene más cicatrices ocasionadas por él mismo que por las fugas y peleas. "Antes era peor, me punteaba mi cara (sonríe como quien hizo alguna travesura). Una vez hasta yo me he asustado; no entraba la punta y en uno nomás entró hasta el fondo y no paraba de sangrar, era tan grande la herida que pedí ir a sanidad, pero ya no me creían… es como el cuento de Juanito y el Lobo no vé, mientes tantas veces que ya no te creen (ríe). Como no me abrían me lo he pegado con ´la gotita".

¿Por qué te lesionas?, preguntamos. Agarra su mano y empieza a ennumerar. "De qué sirve ser conchudo, de bolas y simpático si nadie te quiere", dijo explicando que todos lo abandonaron.

Balú fue padre a corta edad y dejó sus estudios cuando estaba en la pre promo. "Me hice de familia muy joven y ya no podía pedir a mi madre".

Para entonces integraba una pandilla. "Empecé a robar por mis hijos. Si ellos te dicen ´papi necesito para esto y esto´, no les vas a decir ‘no hay".

Junto a su novia tuvo a cuatro hijos, que hoy tienen 21, 17, 11 y 6 años de edad. "Mañana pasado va a cumplir años mi hijito y quiero salir. Una vez me cogieron en mi barrio y me han sonado (golpeado) jodido. Me dolió que mis hijos vieran cuando me querían linchar. El mayorcito me dijo ‘he visto cómo te han querido matar’. Una vez entraron policías con pasamontañas a sacarme de mi casa. ´Yo no quiero ser así´ me dijo llorando".

Aquella experiencia motivó su primer intento de cambio de vida, sin embargo, su reclusión en la cárcel y todos los contactos que hizo allí impedían este propósito y nuevamente delinquía.

Durante años su razón de ser fueron sus hijos, sin embargo las decepciones se sumaron hasta que se alejaron poco a poco. Hoy su pareja rehizo su vida junto a un policía. "¡A él (al policía) también le saco su p… cada que lo veo!", contó enervado.

Recuerda que en una ocasión fue detenido por dispararle a su mujer además de encerrarla junto a sus hijos en un cuarto en el que puso gas lacrimógeno.

Balú es, tal vez, uno de los reclusos que más veces ha entrado y salido de la cárcel. Sus padres lo ayudaban con abogados pero se cansaron. "Cuatro o cinco veces me han ayudado a salir, pero entraba otra vez, y otra, y otra… se han cansado pues, ahora estoy solo".

Ningún abogado acepta su causa. El jurista asignado por Defensa Pública renunció luego de haber sido brutalmente golpeado por él. "Es que no hacía nada, decía que no se podía y no se qué cosas más. Son dos años y cinco meses que no tengo abogado, no voy a ninguna audiencia, no tengo sentencia y ya estoy por cumplir los tres años que debería estar aquí", reclama pidiendo que alguna autoridad pueda ayudarlo.

Aunque sin mucha esperanza hace planes para cuando salga del penal. "Primero quiero ir a ver a mis hijitos, luego no sé si trabajar, podría pedir ayuda a mi papá, él es contratista”.

La posibilidad de quedarse en Cochabamba es, para él, seguir sumido en lo mismo. "Si quisiera salir de esto no tendría que quedarme porque ya sé dónde venden (droga), dónde toman… Difícil, tendría que estar lejos".

Dice estar cansado de su vida. Recientemente pidió su traslado al penal de Chonchocoro, en La Paz. "Quería entrar ahí, para ver si salía vivo o muerto, me daba igual, ya estoy cansado".

Desde que ingresó a El Abra y a otros recintos en Cochabamba dice no haber conocido en la práctica la palabra “rehabilitación”.

Un joven asesino agradece a un “matón” por haberlo rehabilitado

Daniel V.P. tenía 17 años cuando ingresó a la cárcel condenado a 30 años de reclusión por el delito de asesinato. Por su juventud y agresividad no fue difícil comandar a los reos junto a otro recluso. A sus 22 años lo trasladaron al penal de máxima seguridad El Abra y desde allí agradece a Balú, uno de los "matones" del extinto Ariel Tancara, por haberlo rehabilitado.

Criado solo por su madre, junto a sus siete hermanos, Daniel trabajó desde los 12 años. A los 15 ya tenía el dinero e independiencia que necesitaba para salir a fiestas y reuniones entre amigos. Rápidamente fue reclutado en una pandilla del municipio de Sipe Sipe.

La mentira fue su aliada permanente para que su madre nunca se percatara de sus andanzas. "Bebíamos, tomábamos de todo, llegaba tarde, peleábamos, de todo…".

El día del crimen, Daniel había ingerido toda clase de bebidas en un baile de su comunidad. Junto a su pandilla incitaron a un joven a salir del local para luego acribillarlo a patadas y puñetes, mientras otra persona se encargó de cerrar el local impidiendo la salida de cualquiera que pueda auxiliarlo y salvar su vida.

La sentencia indica que Daniel fue quien apuñaló a la víctima causándole la muerte. Dos de sus amigos, que participaron del crimen, también fueron sentenciados a 30 años de reclusión.

Los primeros años los cumplió en el penal de Quillacollo, luego fue recomendado por el entonces director de Régimen Penitenciario, Erwin Sandoval, para ser trasladado al penal de El Abra.

"Me golpearon y me pidieron mi derecho de vida -2 mil dólares- pero no les di nada”, contó al recordar que no fue difícil habituarse a este modo de vida. Por sus faltas era enviado reiteradas veces a aislamiento, donde conoció a Balú, quien asegura que le cambió la vida y rehabilitó.

"El Balú les prendía fuego a los que se dormían. Entonces yo me quedaba leyendo la Biblia hasta las tres y cuatro de la mañana. Él me obligaba a leer la Biblia y ahí conocí a Dios".

Actualmente, Daniel asiste a las reuniones de personas evangélicas en el penal y recuerda desde el primer día el Proverbio que le hizo reflexionar. "Dios reprende a quien ama, como el padre al hijo a quien quiere"; apoyado en este proverbio él aguarda el resultado de su requerimiento de cesación a la detención. "Ya me siento en paz, ya no tengo esa desesperación. Si es la voluntad de Dios, saldré".

La mirada rebelde de aquel adolescente con rastas y pircings en todo el rostro ha cambiado por alquien que escucha atento y responde siempre con tono suave. Este día está algo inquieto, le informaron que su compañero, con quien fue condenado a 30 años, será trasladado al Abra. "Dice que su madre fue a mi casa a pedir clemencia para que yo no le haga daño. Yo no sé por qué lo hizo, si yo ya no soy así, he cambiado".

"Si Dios quiere", Daniel espera salir en paz de este encierro y predicar en los diferentes penales la Palabra de Dios. "No quisiera que nadie más llegue aquí", afirmó.

ANÁLISIS

"En las cárceles de Cochabamba no hay política de reinserción y menos para estos jóvenes", afirma la responsable de la Pastoral Penitenciaria, María Ángeles González, dijo al lamentar que este sector de la población esté expuesto a tanta violencia y degeneración.

González considera que en los recintos penitenciarios no existe la estructura ni la clasificación requerida para su rehabilitación.

Para el juez de Ejecución Penal Nº 3, Santiago Maldonado, existen acciones a corto, mediano y largo plazo que podrían aminorar el problema.

"Primero se debe clasificar a los internos y aislar a los peligrosos y muy peligrosos. Luego, se podría pensar en que las alcaldías construyan centros de detención preventiva; está en la Ley de Municipalidades. Y finalmente, se deben construir centros penitenciarios con toda la estructura para la rehabilitación".

“La sanción debería llegar a los padres”

La falta de orientación, educación y amor a la vida y a los prójimos es para la juez Público Civil Comercial de Familia Instrucción Penal Nº 1 de Vinto, Melvy Camacho, la razón por la que adolescentes y jóvenes empiezan a delinquir. En el análisis de esta autoridad “la sanción debería llegar a los padres” por ser los responsables de la vida de estos jóvenes.
Jóvenes reciben grave impacto con su pena

La responsable de la Pastoral Penitenciaria de Cochabamba, María Angeles González, considera que los jóvenes reciben un fuerte impacto cuando son condenados a prisión y mucho más cuando las penas son muy largas. Es desde este momento que los reclusos deberían recibir el apoyo para su rehabilitación y reinserción social.


Autoridades proponen sanciones menos duras y familias atentas

Entre las acciones que provocan un retroceso al sistema penitenciario y de intento de rehabilitación, la jueza del Tribunal de Sentencia No. 1, Sonia Zabala, resalta aquellas propuestas de cadena perpetua y las penas de muerte que surgieron en la Cumbre Nacional de Justicia Plural.

“Esas no son soluciones, no podemos dar sanciones tan duras solo por satisfacer a la sociedad”, citó la autoridad.

Para ella antes de la rehabilitación está la prevención, partiendo de la familia, pasando por las unidades educativas, los medios de comunicación y las instituciones públicas y privadas.

En este aspecto, Zabala señaló que, por el trabajo, las familias van perdiendo los espacios de conversación y afecto. En los colegios se retiraron las materias que impartían valores, reglas de buena conducta y relacionamiento en la sociedad. “Se quitaron las materias de Religión, Educación Cívica, donde se impartían valores, amor al prójimo y respeto por las leyes”.

Con estos cambios, la decadencia de la sociedad empieza a cobrar su “factura” con delitos que cada vez son más graves y los infractores son mucho más jóvenes.

“Ahora tenemos dos víctimas. Una la víctima y el otro es el que va a la cárcel porque nunca lo controlaron”.

Para la jueza, los autores intelectuales de la aparición de estos dos tipos de víctimas son la sociedad y el Estado. “El Estado no hace nada por esos papás que salen de su casa a vender limones y dejan a sus hijos a su suerte”.

En este contexto, la intención de poner sanciones cada vez más duras no traerá verdaderos resultados. “En Canadá no hay cárceles porque su Estado se preocupa porque no hayan delincuentes”.

Zabala cuestiona que en la norma boliviana no existe ninguna sanción para los padres y las instituciones. “Primero tendría que sancionarse al Estado, a los medios de comunicación y a las escuelas que han dejado la educación y el control de estos jóvenes”.

Sugiere que una parte del presupuesto en Seguridad Ciudadana sea destinada a la difusión de spots televisivos y radiales de prevención y de buena convivencia en sociedad.

El juez de Ejecución Penal Nº 3, Santiago Maldonado, coincide con la jueza al señalar que en la realidad actual el sistema no está funcionando.

Maldonado sitúa a la sociedad en un primer escalón, del cual se retira a todos quienes no responden a las reglas y normas de convivencia en un segundo escalón, que serían los centros de rehabilitación. En el tercer escalón se tiene “lo deseado” que tendría que ser el resultado de lo procesado en el penal.

Sin embargo, al no haber dicha rehabilitación en los penales, en el tercer escalón de “lo deseado” se tendrá más delincuencia.

“El encargado de la rehabilitación es el Estado, a través del Ministerio de Gobierno y Régimen Penitenciario” aseveró.

Señaló que las autoridades deberían considerar el sistema abierto, en el que el joven cumpla su pena fuera de la cárcel. para que su familia se ocupe de rehabilitarlo.

Cuestiona que se otorguen penas altas a jóvenes que no tienen antecedentes criminales. “En las penas de 30 años, estos jóvenes generalmente ya están rehabilitados a los 8 y 10 años, pero no pueden salir porque mínimamente deben cumplir las dos terceras partes de su pena (20 años)”.

Para Maldonado, el proceso de rehabilitación sigue un procedimiento que no cumple con todos los pasos requeridos.

De acuerdo a la norma, Régimen Penitenciario, junto a sus funcionarios, es la instancia encargada de clasificar a los privados de libertad según su grado de peligrosidad.

Durante la reclusión, son los Consejos Penitenciarios de cada cárcel los que elaboran informes para la consideración de jueces de ejecución penal.

Los Consejos Penitenciarios están formados por el director de Régimen, el delegado interno del centro de rehabilitación, el médico y el abogado de Régimen, y los representantes del Ministerio del Trabajo y del Ministerio de Educación.

Para elevar el informe, este Consejo se entrevista con el interno y realiza un análisis médico social.

“Se hacen estos informes, pero solo cuando han cumplido las dos terceras partes de la pena, cuando el joven muchas veces está rehabilitado antes”, lamentó.

“Multirreincidentes” sin espacio propio

El juez de Ejecución Penal Nº 3, Santiago Maldonado expresó su preocupación por el índice de “multirreincidentes” en las cárceles de Cochabamba que llegan a un 25 por ciento de los más de 2.800 reclusos. “Estas personas deberían estar en otro lugar, son los denominados ‘peligrosos”.
Actividades laborales sin condiciones

Los internos que buscan redimir su pena a través del estudio y el trabajo no tienen las condiciones de infraestructura.

El hacinamiento en las cárceles impide que estos espacios cuenten con las exigencias mínimas de seguridad y salubridad para las personas privadas de libertad.


Evolución de un transgresor

La familia, como primer grupo social en el periodo de formación de la personalidad del joven, tiene gran parte de responsabilidad en el proceso en que una persona pasa a convertirse en un antisocial. La psicóloga forense, Lorena Cox brinda el análisis sobre los cambios en la vida de un adolescente y los efectos hasta su juventud.

P. ¿Cuál es la edad más crítica en la que un joven podría empezar a delinquir? ¿Por qué?

R. Tomando en cuenta que la personalidad se forma aproximadamente hasta los 21 años, determinando características y rasgos en un contexto familiar y social, la edad más crítica inicia en la adolescencia hasta los 21.

P. ¿Cómo se origina una actitud delincuencial en un joven?

R. Es justamente durante la adolescencia y la juventud que, como personas, atravesamos por procesos muy complejos de formación de la personalidad. No solo en la parte fisiológica (hormonal) sino también en la social y psicológica, que devendrá de la familia, donde generalmente existen encuentros emocionales por la falta de aceptación que tiene de manera general el adolescente.

En ausencia de una familia que pueda sustentar el desarrollo de la personalidad del adolescente de manera equilibrada, es que se recurre a grupos humanos para ser sustentados, apoyados y aceptados en su personalidad.

P. ¿Cómo se reconoce cuando una persona ha asumido una actitud delincuencial? 

R. Dentro sus características de personalidad se puede encontrar que son personas que presentan terquedad, mal humor, resistencia a la norma y autoridad, dificultad en la realización de metas, son realistas y se aburren con facilidad.

P. ¿En qué momento determina su adhesión a grupos criminales o delincuenciales?

R. Precisamente por buscar la aceptación incurren en acciones que, según los adolescentes, llaman la atención, como las transgresiones no solo con las personas sino también con los espacios públicos y privados.

P. ¿Qué pasa en la vida de un joven potencialmente criminal y uno que no lo es cuando comete un delito?

R. En personas que han transgredido y han llegado a multirreincidencias se puede hablar de que han logrado llamar la atención en todos sus escenarios, su comportamiento no se verá solo en su grupo social sino en la sociedad.

Tienen un alto grado de ambición y sentimientos de reconocimiento con una fachada de seguridad y sobrecompensación a sentimientos de inseguridad.

Son personas hostiles, generan un cierto grado de rencor en su comportamiento, tienen tendencia a dominar, con un marcado índice de teatralidad para evadir su responsabilidad y tapar sus faltas, presentan dificultad de adaptación, generan desconfianza y suspicacia en relación con el entorno.

Dentro de las personas que han delinquido por primera vez y que no han desarrollado las características que referimos anteriormente, se ha podido encontrar que este tipo de personalidades tienen un marcado pesimismo, con una visión muy negativa de la vida, son muy débiles en cuanto a su personalidad, tienen una marcada depresión, agotamiento, son ensimismadas y con mucha ansiedad, tensión y amargura.

Actitudes de la familia que agravan el daño

Para la psicóloga forense Lorena Cox, existen reacciones en la familia que, cuando toman conocimiento de que uno de sus miembros ha transgredido las normas, asumen actitudes que solo agravan el daño.

Muchas veces, la familia se entera de que su hijo incurre en actitudes delictivas cuando ha sido notificada por la Policía de que el joven está detenido en un centro de rehabilitación.

“Lo primero que hacen es sentirse culpables”, advirtió Cox y explicó que esta culpabilidad genera una forma de ayuda inadecuada.

Antes que buscar culpables, la familia debe esperar que el joven responda por sus actos y que alguna persona adulta también se haga responsable de él.

Esto como una acción de la familia de asumir la responsabilidad de sus “no acciones” ya que, generalmente, el joven transgresor se formó en ausencia de una red familiar fuerte, sin educación ni apoyo emocional en los momentos determinantes de su vida.