Friday, December 30, 2016

La cárcel no cumple su objetivo de rehabilitación

Trabajé en cárceles durante 10 años y en ese tiempo he podido ver que la situación en todas es similar, hay un alto porcentaje de reincidentes.

La reincidencia ocurre porque la cárcel, como entidad rehabilitadora, no cumple con ese objetivo. El penal debería ser una institución con todas las garantías y servicios para que las personas que están ahí puedan enmendarse.

La cárcel no está cumpliendo sus objetivos por diversos motivos. Uno de ellos es que no tiene una infraestructura adecuada, persiste el hacinamiento, y por la falta de preparación de las personas que trabajan en los equipos multidisciplinarios de Régimen Penitenciario.

Se contrata a profesionales psicólogos, trabajadores sociales y abogados, que tienen poco bagaje en la especialidad forense. Son personas que entran al cargo apenas egresan de la universidad.

Otro motivo es que las personas privadas de libertad no toman conciencia de lo que han hecho, por lo que no trabajan para cambiar esta situación. La mayoría asegura que es inocente, por varios años.

Si una persona quiere cambiar sus hábitos de vida, debe tomar conciencia de que ha cometido un error, pero debe tener apoyo psicológico. Falta un trabajo interdisciplinario en las cárceles.

Además, la mayoría de los privados de libertad viven al día en el penal, es decir, trabajan en lo que pueden para subsistir y, tal vez, mantener a sus familias.

Asimismo, está la retardación de justicia. Muchas de las personas están detenidas preventivamente, por lo que salen de la cárcel sin el cambio de actitud, debido a que no han recibido el apoyo del equipo multidisciplinario.

Y algo que remata esta situación es que la sociedad tiene todavía prejuicios sobre las personas que han estado recluidas en los penales, cuando salen en libertad.

Una persona que ha estado en la cárcel es etiquetada por la sociedad como exreclusa y es rechazada a todo nivel familiar, social y laboral.

Esta persona tiene como único ámbito social a sus excompañeros de la cárcel y también a personas del hampa.

La mayor parte de las personas que está en las cárceles puede rehabilitarse, pero no todas. A quienes están en los penales se les realiza peritajes psicológicos y sociales para ver cuál es su capacidad para hacer frente a una determinada situación. Hay personas que han cometido delitos graves y tienen un tipo de personalidad difícil de cambiar, por lo que no podrán rehabilitarse. Por eso les dan una sentencia larga.

Pero, la mayor parte de las personas puede modificar sus conductas. Sin embargo, por falta de apoyo del equipo multidisciplinario en los recintos no se puede lograr este objetivo.

Asimismo, el hecho de que las personas estén mezcladas, sin clasificación por los delitos, afecta. Una persona que ha cometido un delito menor puede entrar con una medida preventiva y convive con las personas que han perpetrado delitos graves.

Y para sobrevivir adentro tiene que relacionarse con esas personas, lo cual influye de gran manera en su conducta, para que en el futuro pueda reincidir en la comisión del mismo u otro delito.

Cochabamba cuenta con siete penales

La ciudad de Cochabamba cuenta con siete penales, tres de ellos en Cercado, dos en Sacaba, uno en Quillacollo y la carceleta de Arani.

En Cercado están los penales de San Sebastián Varones, San Sebastián Mujeres y San Antonio. En Sacaba están El Abra y San Pedro, mientras que en Quillacollo está San Pablo.

Carlos entró a la cárcel cinco veces y ahora pide una nueva oportunidad

La historia de Carlos se resume en cuatro frases. Empezó a delinquir a los 12 años. Ha "pisado" la cárcel en cinco oportunidades. Tiene 16 hijos. Y cuando recupere su libertad quiere cambiar de vida, trabajar como "maestro" carpintero.

Tiene 42 años, mide aproximadamente 1.70 metros de altura y se encuentra convaleciente de una enfermedad que lo mantiene en cama desde hace casi 60 días, 21 de ellos en terapia intensiva.

"Tengo 16 hijos en diferentes mujeres", asegura el hombre y lanza una carcajada. Acota inmediatamente que no se trata de una broma.

Viste un corto blanco del equipo de fútbol Real Madrid, de España, pero aclara que es hincha de un club de Cochabamba.

La hija mayor de Carlos, que ahora cuenta 24 años, nació cuando él era todavía un adolescente de 16 años. El último de sus retoños acaba de cumplir tres años.

Las cinco veces que llegó al penal (todavía está encerrado) fue por robo. Confiesa que empezó a delinquir desde muy joven, cuando vivía en la calle y se juntaba con otros niños que estaban en la misma situación.

Carlos y sus tres hermanos fueron abandonados por sus padres a temprana edad. El tenía ocho años cuando su madre se fue con otro hombre y su padre se dedicó a beber.

Vivió parte de su niñez en el hogar Sayarikuy (Levántate), donde tuvo el apoyo y la orientación de la madre Estefanía.

El recluso afirma que casi todo lo que sabe lo aprendió en la calle, donde, en muchas oportunidades, sintió discriminación de parte de la gente.

Acota que para los exreclusos es bastante complicado conseguir un “trabajo digno”, porque los empleadores desconfían de ellos y no les dan una oportunidad.

Recuerda que después de salir de prisión, la primera vez que estuvo encerrado, empezó a trabajar en una carpintería, pero cuando su jefe se enteró de su situación, lo despidió.

En otra oportunidad, cuando descargaba unos muebles en La Cancha, la Policía, sin motivo aparente, lo detuvo. Le pidieron dinero, y como no tenía, lo encerraron.



PARA COMER

Carlos asegura que empezó a hurtar para comer, hace 30 años, pero no golpeaba a las personas “como sucede ahora”. Por las noches dormía en la estación de trenes y aprovechaba para robar trigo de los vagones que se encontraban en el lugar.

El trigo que sacaba de los vagones lo vendía a las comideras de La Cancha. Con este dinero adquiría ropa y alimentos “para poder sobrevivir”.

En esa época, los adolescentes que vivían en la calle inhalaban gasolina para drogarse. Después apareció la clefa (pegamento) y, finalmente, la marihuana, la cocaína y otro tipo de drogas.

Carlos tenía 12 años cuando fue detenido la primera vez por la Policía, acusado de robo. Estuvo un par de meses en celdas y durante ese tiempo era ayudante de los “jilakatas” (delegado de los internos). Hacía trabajos para ellos, por ejemplo, lavar el baño.

La primera vez que lo encerraron en la cárcel fue cuando tenía 16 años. Lo acusaron de haber robado una bicicleta al hijo de un dirigente vecinal de Valle Hermoso. Afirma que no cometió ese delito y que lo culparon tras un desfile identificativo en el que la víctima aseguró que él había cometido el delito.

Estuvo durante un año en el penal de San Sebastián. En ese tiempo -afirma Carlos- el penal era muy diferente. Había menos reclusos y más negocios, incluso espacios donde se comercializaba chicha.

"El control no era tan estricto como ahora, pero tampoco había tantas personas drogadictas".

Antes de ingresar al penal ya había nacido su primera hija, y el segundo estaba en camino.

Cuando salió de la cárcel, después de permanecer un año, trató de reformarse. Empezó a trabajar en una carpintería, pero como no ganaba lo suficiente volvió a delinquir con sus amigos.

Después de que su primera pareja lo abandonara para irse a Estados Unidos, conoció a su actual esposa, con quien mantiene una relación de dos décadas y tiene seis hijos.

La segunda vez que lo encerraron en el penal de San Sebastián fue por el mismo delito. Estuvo encarcelado ocho meses por robar accesorios de vehículos, guiñadores y otros.

La tercera y cuarta vez que lo encarcelaron fue también por robo.

Carlos asegura que desde el año 2000 no había cometido ningún delito. Se dedicaba a trabajar como chofer y carpintero. Había comprado un vehículo con los ahorros de varios años.

Se mantuvo sin cometer delitos hasta el año pasado, cuando volvió a reincidir. Fue detenido hace cuatro meses por ser “documentero”, es decir, hacerse pasar por policía y robar a sus víctimas. Asegura que fue acusado, pese a que es inocente, solo porque es compadre de quien sí cometió el delito.

Carlos puntualiza que él pasó por casi todas las especialidades en el mundo del hampa y por eso se considera un delincuente múltiple.

Cuando salga de la cárcel quiere cambiar de conducta. Considera que la vida le ha dado una nueva oportunidad, más aún después de haber permanecido en estado de coma durante 21 días.

Por el último delito que fue acusado todavía no lo han sentenciado y está en espera de que terminen las investigaciones.

La esposa de Carlos es quien se moviliza en busca de dinero y para que el abogado resuelva lo más pronto posible su situación legal.

Carlos estudió hasta quinto básico en la escuela Fidel Araníbar de la avenida 9 de Abril.

Si hubiera logrado concluir el bachillerato dice que le habría gustado ser policía (ríe). Segundos después recupera la seriedad e insiste en que hubiese sido un buen oficial, pero no tuvo la oportunidad de estudiar.

Cuando salga de la cárcel piensa trabajar de “maestro” carpintero y también de taxista. Sabe fabricar ventanas, puertas y otro tipo de muebles.



INTERNADO

POR UNA MUELA

Carlos tenía un fuerte dolor en una de sus muelas y acudió al dentista del penal para que le revise. No obstante, el médico le indicó que solo atendía a seis pacientes, por lo que él quedó fuera de la lista, pese a que le había explicado al galeno que padecía de diabetes.

El médico del penal le indicó que debía elaborar un informe para que le pudiesen derivar a un dentista externo. El trámite demoró cuatro días y en ese tiempo se le formó un absceso en la cara.

A causa de este absceso, agravado por la diabetes que padece, la salud de Carlos se deterioró a tal grado que tuvo que ser internado en terapia intensiva del hospital Viedma. Permaneció en estado de coma durante 21 días.

"Si hubiese tenido atención médica oportuna no habría pasado todo esto. El trámite para salir es muy burocrático".

El día que llegó al hospital no había una cama disponible y tuvo que esperar. Cuando finalmente lo subieron a la sala de internación, había perdido el conocimiento. En los 21 días que estuvo en terapia intensiva le apareció una úlcera en la parte baja de la espalda, agravada por la diabetes.

Ahora está mucho mejor, después de casi dos meses de tratamiento, pero en ese tiempo su familia gastó más de 30 mil bolivianos para la compra de medicamentos.

La familia de Carlos tuvo que vender todo lo que tenía para reunir el dinero: sus televisores, electrodomésticos y otros artículos que se había comprado a lo largo de varios años. Un familiar suyo le prestó alrededor de 10 mil bolivianos.

Carlos señala que Régimen Penitenciario le ayuda con el pago de la internación, pero él y su familia deben conseguir los recursos económicos para comprar las medicinas.

El recluso afirma que en el penal no hay ningún tipo de consideración con las personas que están enfermas, por lo que sus dolencias se agravan por falta de atención. Carlos pide a las autoridades de Régimen Penitenciario aumentar el número de médicos y que atiendan las 24 horas del día.

En el país hay más de 15 mil reclusos

Los penales de Bolivia albergan a más de 15 mil privados de libertad, según un último informe del defensor del Pueblo, David Tezanos.

“Sabemos que se ha disparado la cifra de personas privadas de libertad en el país, desde el año 2012. Hasta 2015 teníamos 13.600 y actualmente la cifra récord es de 15.200”, dijo a la ABI.

Los reincidentes son gente de pocos recursos o tienen alguna adicción

Muchas de las personas que ingresan a la cárcel po reincidir en el mismo delito son de escasos recursos y no han culminado sus estudios por falta de oportunidades, afirma la directora departamental de Régimen Penitenciario, Rocío Quipildor.

La autoridad agrega que otra característica de estas personas es que tienen algún tipo de adicción, a las drogas o al alcohol.

Quipildor admite que el hacinamiento es un problema en los penales de Cochabamba, pero que se trabaja para resolver esta situación con la construcción de infraestructura.



P. ¿Por qué una persona reincide en un delito?

R. Según los estudios y valoraciones que se realizan cuando una persona ingresa a un centro penitenciario, se ve que muchos de ellos son de escasos recursos y no cuentan con un nivel básico de educación.

Se puede percibir que estas personas provienen de familias disgregadas y que, la mayor parte de ellas, tiene alguna adicción. Lo que llama la atención es que se criminaliza la pobreza.



P. ¿Cómo incide la reincidencia cuando se procesa a una persona en la justicia ordinaria?

R. Los antecedentes de quien ha cometido un delito son tomados en cuenta por la autoridad jurisdiccional. La detención preventiva es una medida que se da para que la persona que está siendo juzgada no entorpezca el proceso. Es evidente que, de acuerdo al análisis y conocimiento de los jueces y de la norma jurisdiccional, los antecedentes pesan.

La autoridad jurisdiccional hará una valoración de los antecedentes de una persona antes de proceder a la audiencia de medidas cautelares y verá si procede la detención preventiva.

Pero la sentencia no se agrava, en caso de que la persona sea condenada.



P. El hacinamiento es otro problema en los centros penitenciarios.

R. Tenemos un hacinamiento muy elevado. El hecho de que haya tantos detenidos preventivos hace que los centros penitenciarios estén hacinados, porque hemos duplicado o triplicado la cantidad de su capacidad.

Para ello venimos trabajando como Régimen Penitenciario con dos proyectos que están avanzando. El primero con la Gobernación, la construcción de un segundo bloque en el penal de máxima seguridad de El Abra.

Un segundo proyecto que se tiene es el que se firmó entre el Ministerio de Gobierno, la Gobernación de Cochabamba y la Alcaldía de Arani. El objetivo es construir un complejo penitenciario para el departamento.

En este último proyecto los avances son buenos. Se está canalizando la transferencia de los terrenos a favor del Ministerio de Gobierno. Posteriormente se podrá plasmar el proyecto como tal con la construcción de los bloques.

Son proyectos a largo plazo, pero ya están establecidos para el departamento. Se debe tomar en cuenta que ningún penal, excepto El Abra, tiene la infraestructura para funcionar como tal. Son casas adecuadas e improvisadas.

Por ejemplo, la capacidad de albergue en el caso de San Sebastián Varones es de 320 personas, pero actualmente estamos con 703 internos.

P. ¿Qué trabajo realiza Régimen Penitenciario con los privados de libertad?

R. Régimen Penitenciario trabaja con un equipo multidisciplinario para atender a los más de 2.800 privados de libertad que viven en los penales de Cochabamba, tomando en cuenta que cada centro penitenciario tiene una característica particular

Este equipo está conformado por un abogado, un psicólogo, una trabajadora social, un odontólogo y un médico. Se cuenta también con un responsable en el área de educación.

Una vez que las personas privadas de libertad ingresan al penal, se les realiza una valoración médica, psicológica y social para ver en qué situación se encuentran.

En el área médica, por ejemplo, se les brinda talleres referentes a la tuberculosis y al VIH.

En cuanto al tema odontológico, se realizan campañas de fluorización y charlas de higiene bucal.



P. ¿Cuál es la importancia de la terapia laboral en los penales de Cochabamba?

R. En lo que se refiere al área social, Régimen Penitenciario realiza constantemente diferentes actividades. Una de ellas es la terapia ocupacional. Gestionamos la participación de los privados de libertad en ferias como Reincorpora, en la que participan específicamente personas privadas de libertad.

Los internos de las cárceles exponen y venden los trabajos que realizan al interior del penal. Este año se realizó la segunda versión de Reincorpora.

Asimismo, se canaliza los diferentes trámites que requieren los privados de libertad ante sus juzgados, mediante asesoría legal.

En el área psicológica contamos con dos profesionales para una población de más de 2.800 internos (hombres y mujeres). Esa es una limitante que nos impide llegar de manera integral a cada uno de ellos, pero se realiza este trabajo todos los días en los centros penitenciarios.

Mujeres afirman que no ver a sus hijos es un duro castigo

El único motivo de orgullo de María Alejandra, y su aliciente para seguir con vida, era su primogénito de 18 años. Sin embargo, hace seis meses se enteró de que su hijo se había convertido en un adicto a las drogas.

Dos mujeres que se animaron a relatar sus testimonios (una sigue en prisión y otra está libre) afirmaron que, además de estar encerradas, el mayor castigo para ellas es la desvinculación con sus hijos.

María Alejandra, de 52 años cumple una condena de 12 años en el penal de San Sebastián Mujeres por tráfico de drogas, y está enferma con artritis reumatoide, dolencia que le impide mover con normalidad sus dos manos.

La historia de esta madre se repite en muchas de las reclusas que están encerradas en la cárcel. Fue abandonada por su pareja, quien se hizo de otra mujer, y ahora debe lidiar sola con la educación de sus tres hijos.

Los niños de María Alejandra quedaron bajo la tutela de sus abuelos, pero “no siempre les hacen caso. Algunas veces reaccionan con rebeldía”.

La mujer que está encarcelada desde hace cuatro años, empezó a sospechar que algo raro pasaba con su hijo mayor cuando este la visitaba en el penal. Lo veía desganado, desaliñado, con poca energía y apenas pronunciaba algunas palabras.

La madre de María Alejandra le comentó que había visto a su hijo mayor con un grupo de jóvenes que aparentaban ser pandilleros y que, según los comentarios de los vecinos, se dedicaban a vender y consumir marihuana y cocaína.

María Alejandra presionó a su hijo para que le dijera la verdad y este le confesó que efectivamente consumía drogas, pero muy esporádicamente, solo cuando estaba con su grupo de amigos.

María Alejandra está en la cárcel por segunda vez, en ambos casos por tráfico de drogas.

La primera vez, según cuenta, tuvo éxito cuando llevó estupefacientes a Chile. Logró llevar a ese país casi un kilo de droga, trabajo por el cual le pagaron 1.500 dólares, dinero que le sirvió para alimentar a sus hijos y comprar ropa.

La mujer, al ver que se podía ganar “buen dinero” por trasladar droga al exterior, se animó a realizar este trabajo por segunda vez. Sin embargo, fue detenida en la tranca de Suticollo. Después de un proceso en la justicia ordinaria fue condenada a nueve años de presidio. Salió en libertad después de cumplir parte de su sentencia.

Por un par de años se dedicó a lavar ropa para sus vecinos en el barrio donde vivía, en el municipio de Colcapirhua. Pero como las necesidades de sus hijos se multiplicaban, se animó a llevar nuevamente droga al exterior. En la segunda oportunidad le ofrecieron una paga de 2.200 dólares por lleva un kilo de droga, camuflada en medio de unas artesanías.

La mujer cree que alguien la delató, porque policías antinarcóticos subieron al bus en el que viajaba y se dirigieron directamente hacia ella. Encontraron la droga en su equipaje y la detuvieron preventivamente. Un nuevo proceso en su contra le envió al penal por 12 años.

Sus padres le ayudan con la manutención de sus hijos, pero por su avanzada edad (tienen más de 85 años), no tienen vigor para llamarles la atención cuando se portan mal.

El mayor de los hijos de María Alejandra tiene 18 años y los menores, dos gemelos, cumplieron ocho en julio pasado.

La mujer afirma que quiere cerrar este capítulo “negro” de su vida y comenzar de nuevo, pero esta vez en “serio”.



EN LIBERTAD

Mirtha ha caído cinco veces en prisión por estafa con víctimas múltiples, y ahora goza de libertad, desde hace dos años.

Esta mujer de 49 años accedió a hablar con este medio con la condición de reservar su identidad, para no ser estigmatizada por sus vecinos.

Durante los últimos 20 años había vivido en un barrio de la zona sur y cuando salió de la cárcel decidió, por el bien de su hijo, mudarse a la zona oeste de la ciudad. Prefirió no mencionar el barrio.

En el penal, en las cinco veces que estuvo, Mirtha aprendió a elaborar manualidades y ahora está vendiendo adornos navideños.

Reconoce que en las cinco oportunidades que la encerraron había engañado a muchas personas valiéndose de un terreno, el anticrético de un departamento y la promesa de créditos con bajos intereses de un organismo internacional.

Mirtha pedía a sus víctimas pagos para “realizar algunos trámites” y cuando reunía una buena cantidad, desaparecía.

Después de estar oculta por seis meses, se cambiaba de nombre y empezaba a maquinar un nuevo plan.

Mirtha confiesa que en el penal sufrió muchas vicisitudes, pero conoció a mujeres que le enseñaron a pensar de una forma diferente. “Pero también hay personas que buscan hacer daño a los demás”.

Reincidentes alegan su inocencia o dicen que estaban drogados cuando delinquieron

Aseguran ser inocentes o que cometieron delitos cuando estaban bajo el efecto de las drogas o del alcohol. Cinco reclusos de dos penales de Cochabamba accedieron a contar sus historias a OPINIÓN, pero con la condición de mantener en reserva su identidad para evitar represalias en su contra.

Javier es uno de los reos reincidentes que cumple una condena en el penal de San Sebastián Varones. Tiene 22 años y fue encarcelado por primera vez a los 18. Es de contextura mediana, rostro delgado y pómulos sobresalientes.

Para contar algunos pormenores de su vida, Javier hace un paréntesis en su trabajo de "taxi" que realiza en la cárcel. Él se encarga de buscar a los internos del penal cuando tienen visitas o de llevar encargos de un lado a otro. La paga que recibe es de uno o dos bolivianos, de acuerdo a la voluntad de la persona que requiere de sus servicios.

El dinero que reúne durante el día lo invierte en comida y ropa.

La última vez fue detenido por robar un celular a una adolescente en la avenida 6 de Agosto, al sur de la ciudad. Afirma que caminaba con sus amigos por esta zona y uno de ellos arrebató el teléfono móvil a la joven y se lo dio a él para despistar a su víctima.

Fueron detenidos por dos policías que se encontraban en el lugar. Uno de ellos lo revisó y encontró el aparato en su poder.

Javier es el menor de cuatro hermanos y vivía con sus padres en la zona sur de la ciudad, en Villa México. Está encerrado en el penal desde hace cuatro meses y espera con ansiedad su audiencia que se realizará en el mes de febrero de 2017. Quiere recuperar su libertad.

La primera vez que Javier fue sentenciado y enviado a la cárcel tenía 18 años, en 2012. Recuerda que él se encontraba en la Coronilla, caminando con varios de sus amigos, cuando asesinaron a una persona. Un par de horas antes había consumido bebidas alcohólicas. Una mujer lo acusó de ser el asesino del hombre y la Policía lo detuvo. Estuvo preso un año y tres meses.

La segunda vez que entró a la cárcel fue por robar una bicicleta en la zona sur, en la avenida 6 de Agosto. Un adolescente había ingresado a un café internet y dejó su vehículo de dos ruedas afuera del local, sin seguro. Javier aprovechó esta circunstancia, tomó la bicicleta, se montó en ella y se dio a la fuga. El encargado del internet fue testigo del robo y empezó a gritar.

Un patrullero que circulaba en motocicleta por esta avenida inició la persecución y lo detuvo a cinco cuadras del lugar. Estuvo seis meses en el penal. Salió a finales de 2014.

La tercera vez que cayó en la cárcel fue por el robo de un celular.

Javier no culminó sus estudios. El último curso que hizo fue el sexto grado. Para no enfrentar la ira de sus padres, porque se había aplazado, escapó de su hogar y vivió en las calles. "Me dediqué a la mala vida, conocí malas amistades que me incitaron a robar".

Cuando salga de la cárcel quiere trabajar en un taller de carpintería o en construcción, como ayudante de albañil, hasta convertirse en "maestro".



SU SEGUNDO HOGAR

David asegura que ha pasado un poco más de la mitad de su vida entre rejas. Tiene 46 años y la primera vez que estuvo encerrado contaba con 22.

"Estaba drogado. Era consumidor y necesitaba para comprar. En ese época conseguíamos marihuana por la plaza Colón. No tenía otra opción, tenía que robar", rememora.

El 17 de julio de 1992 (recuerda bien esa fecha) llegó hasta el puente de Quillacollo junto con uno de sus amigos, a quien le decía "Pelé", por su habilidad para dominar el balón.

Vieron a un ciclista que se acercaba al puente desde la rotonda Perú, y cuando llegó hasta donde ellos estaban, se abalanzaron sobre él. No se conformaron solo con quitarle su bicicleta, sino que también lo golpearon hasta fracturarle la nariz. Cuando escapaban con su botín, hacia la ciudad, se tropezaron con dos policías que iban en un patrullero, quienes procedieron a arrestarlos.

David y su amigo "Pelé" estuvieron durante ocho meses en la cárcel, acusados por robo agravado.

Tras salir del penal, David consiguió un trabajo como sereno en una carpintería por el kilómetro tres de la avenida Blanco Galindo. Una noche, su amigo "Pelé" lo encontró. Le propuso que sacara herramientas del taller que cuidaba y él se encargaría de venderlas a buen precio. Al principio se resistió, pero después se dejó seducir por el dinero que recibiría.

Al percatarse de que se habían perdido varias herramientas, el dueño sospechó de su sereno y lo denunció. David terminó por confesar y entró por segunda vez a la cárcel, el 16 de febrero de 1994, el día de su cumpleaños.

Desde esa fecha hasta el presente, David ha visitado el penal en cuatro oportunidades más, por robo agravado en dos ocasiones, tráfico de drogas en una, y por homicidio la última vez.

En las múltiples veces que delinquió, señala que había fumado marihuana y que no "sabía lo que hacía". Actualmente cumple una condena de doce años.

David considera que "a la fuerza", la cárcel se ha convertido en su segundo hogar, donde ha hecho muchos amigos, pero también enemigos peligrosos.

Tiene dos hijos a los que no ve hace seis años y su pareja decidió separarse de él en 2012, cuando fue acusado por homicidio.



POR UN DESCUIDO

Martín tiene 45 años y está encerrado en la cárcel por segunda vez. Asegura que fue víctima de un descuido judicial, por no presentarse a una audiencia.

Fue encerrado en el penal por "cuestiones patrimoniales", de dinero.

Debía asistir a una audiencia como parte de un proceso en la justicia ordinaria y como no se hizo presente, lo declararon rebelde e instruyeron su aprehensión.

La primera vez que estuvo encerrado en la cárcel fue también por un problema patrimonial, por el delito de estelionato.



ESTABA BORRACHO

Héctor tiene 33 años y en los últimos ocho años fue encarcelado en cuatro ocasiones.

En 2008 fue encerrado en la cárcel acusado de robo. Había ingresado a una casa con dos personas.

Argumenta que la primera vez que entró a robar estaba "mareado". Se había encontrado con sus amigos, quienes le propusieron ir a "trabajar" (robar). Como él estaba envalentonado por la bebida, aceptó de inmediato. Entraron a una casa, pero fueron descubiertos por los vecinos de la zona. Los llevaron a un descampado y los garrotearon. Producto de esa golpiza, Héctor tiene en su cabeza una cicatriz de unos 10 centímetros que muestra apartándose parte de su cabello.

Recuerda que lo golpearon con un palo grande, que parecía el mango de una picota. Después de haber recibido el golpe se desmayó.

La primera vez estuvo ocho meses en la cárcel, por robo. Salió rápido porque optó por el procedimiento abreviado y la condena se redujo.

La segunda vez “estaba también borracho”. Le pillaron cuando robaba en una vivienda de la zona de Vidriolux, al sur de la ciudad. Se encontraba solo. En esa oportunidad le volvieron a golpear y estuvo en el penal 13 meses.

La tercera y cuarta vez que lo volvieron a detener, por robo en viviendas, asegura que estaba también con algunas copas demás. La última vez lo encontraron por la zona de Champa Rancho, por detrás del enmallado del aeropuerto.

En su defensa, señala que la última vez ni siquiera había entrado a robar. Dice que otros ya habían ingresado a una vivienda y él pasaba por el lugar. Fue acusado de haber participado con los otros. Los vecinos lo volvieron a golpear.

En la cárcel ayuda a lavar ropa y trabaja como "taxi" para sobrevivir.

Cuando salga del penal quiere trabajar en alguna carpintería porque él asegura que es muy hábil en el manejo de las herramientas y máquinas, y quiere reivindicarse con la sociedad. Antes de entrar al penal, fabricaba puertas y marcos, además de otros muebles.

A los 18 años empezó a tomar alcohol y a delinquir. No terminó de estudiar. Cursó hasta primero intermedio. Si hubiese tenido la oportunidad de concluir su formación, afirma que le hubiese gustado ser técnico en mecánica.

Héctor dice que se arrepiente de lo que hizo en los últimos ocho años de su vida y afirma que no volverá a tomar alcohol y menos robar, porque "la quinta vez no me van a querer soltar".



QUIERE VENDER

COMIDA DE SU PAÍS

Es extranjero, pero vive desde hace 10 años en Cochabamba. Tiene la nacionalidad boliviana.

Cuenta 41 años y está en la cárcel desde hace 27 meses, acusado de robo.

Rafael llegó a Bolivia después de conocer mediante internet a la mujer que sería su esposa. Tiene una hija de ocho años y a causa de su adicción se separó de su pareja, hace dos años.

El año 2008 entró a la cárcel por llevar droga. Reincidió en este delito y lo encarcelaron nuevamente en 2011. En 2013 y 2014 lo encerraron por robo.

Antes solía traer ropa al por mayor de su país de origen para venderla al menudeo en Bolivia.

Ahora recibe solo las visitas de su exesposa. Para sobrevivir en la cárcel vende algunas artesanías a las personas que ingresan para visitar a sus familiares.

Su registro señala que el año 2008 y el 2011 entró a la cárcel por la Ley 1008. La primera, cuando iba a su país de origen a comprar ropa, llevaba 370 gramos de droga. Asegura que la cocaína era solo para su consumo, pero en la audiencia, cuando lo procesaron, le imputaron por tráfico.

Él les explicó que era un consumidor, un adicto, y que incluso había estado internado en el psiquiátrico San Juan de Dios.

Recuperó su libertad en cinco meses.

El año 2013 cometió un robo en una vivienda de la avenida Santa Cruz, por lo que la Justicia lo condenó a 11 meses de privación de libertad. Rafael asegura que había tomado una chamarra, una billetera sin dinero y una máquina de teléfono fijo, pero al verse descubierto, antes de salir, arrojó los artículos adentro.

La última vez que cometió un robo fue el 12 de agosto de 2014, en Cala Cala. Las cámaras de videovigilancia lo filmaron cuando sacaba electrodomésticos. Y como él tiene varios tatuajes en los brazos y cuello lo identificaron.

Se sometió a procedimiento abreviado y fue condenado a dos años y ocho meses de prisión. Cumplió siete meses y espera su libertad para el 12 de mayo de 2017. Cuando salga quiere vender comida típica de su país.

Afirma que en los últimos años se dedicaba a robar para comprar droga. Agrega que ahora evita fumar marihuana. Pero, según algunos de sus compañeros, sigue drogándose cuando puede, en algún recoveco del penal.